José Pazó, autor de haikus

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En Banteki no todo son motos rapidísimas, melenas de colores y magreos suburbanos. También hay espacio para los jardines de piedra, para la música inarmónica de los kotos, para el dios Tengu y para la literatura de Kobo Abe. Si miramos Banteki de cerca, descubriremos el enorme interés de José Pazó por la cultura y la tradición japonesas.

Los haikus y las ilustraciones de El libro de la rana, publicado por la editorial Langre en 2011, también demuestran la admiración de José Pazó por Japón. Sin dejar lugar a dudas.

Los haikus son poemas breves que suelen describir la percepción de un instante. Quizá el más famoso sea El estanque y la rana, escrito por Matsuo Basho en 1686. Antonio Cabezas, en su antología Jaikus Inmortales (no hay erratas en el título), lo tradujo así: Un viejo estanque. / Se zambulle una rana: / ruido del agua.

Existen varias traducciones al castellano de este haiku, entre las cuales no está de más citar la de Octavio Paz, realizada con la ayuda del hispanista japonés Eikichi HayashiyaUn viejo estanque: / salta una rana ¡zas! / chapaleteo.

Si las traducciones al castellano de El estanque y la rana son abundantes, las inglesas son abundantísimas. De hecho, José Pazó concibió la idea de escribir El libro de la rana cuando descubrió One Hundred Frogs: From Renga to Haiku to English, donde Hiroaki Sato recoge cien versiones en inglés del haiku.

Al principio, Pazó pensó en una recopilación semejante a la de Hiroaki, pero descubrió que no había suficiente material en castellano. Puede que entonces el autor de Banteki recordara el refrán que dice: «Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña». José Pazó decidió escribir e ilustrar él mismo cien variaciones de El estanque y la rana.

José Pazó también decidió que la obra se adaptaría al formato del ehon, un tipo de libro ilustrado que tuvo mucha presencia en Japón durante los periodos Edo y Meiji. En una entrevista, el autor señala que «desde el principio, los dibujos se fundieron con el texto, por lo que en sí no es un libro ilustrado, sino un ehon. Y las versiones comenzaron a salir casi por sí solas».

A continuación, reproducimos una imagen de El libro de la rana, extraída de la web de su editorial.

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Occidentales en Japón

Retrato de Donald Keene de Yuji Ozeki
Retrato de Donald Keene de Yuji Ozeki

La novela Banteki está poblada por una amplia gama de personajes extravagantes y se instala en los márgenes del Japón urbano de finales del siglo XX. Ambas elecciones la convierten en una obra doblemente excéntrica, justifican el caos imperante y legitiman la entrada en escena de diferentes conflictos, por lo común ajenos a quienes conocen Japón desde el exterior: el rechazo hacia los coreanos, la presión a la que viven sometidos los ejecutivos de bajo rango, la violencia de los bosozokus, etcétera. En la primera novela de José Pazó, velocidad y contradicción se imponen sobre quietud y equilibrio zen. Sin embargo, el autor de Banteki ni se propone condenar Japón ni es víctima del desencanto.

Volvemos de nuevo a las elecciones del autor, que esta vez se solapan con la experiencia. En Banteki, José Pazó, amparado por un conocimiento directo y profundo de Japón, escoge sacar a flote algunas de las contradicciones que marcan la actualidad del país y que, a ojos de quienes lo observan desde la lejanía, permanecen invisibles. Ahora bien, aunque en esta ocasión el autor haya elegido transitar la senda descrita, dentro del ámbito editorial no escasean las muestras de su admiración hacia Japón, al que lo unen aventuras familiares que se remontan varias generaciones atrás. Los haikus ilustrados de El libro de la rana, de los que hablaremos la próxima semana, constituyen un primer ejemplo de esa admiración. La traducción y el prólogo de Un occidental en Japón se sitúan en la misma línea.

Un occidental en Japón fue el título bajo el que Donald Keene, el más prestigioso japonólogo vivo, eligió presentar sus memorias en 2008. En el prólogo de la versión española, publicada en 2011 por Nocturna Ediciones, José Pazó reflexiona sobre la disparidad de sentimientos que embargan a un occidental cuando se instala en Japón y ha de enfrentarse por primera vez con una serie de contradicciones y conflictos sociales que captan la atención del extranjero con especial fuerza. José Pazó –aquí vuelven a entrar en juego las elecciones– optó por sustraerse de los juicios precipitados y sacar partido de todo lo bueno que Japón le ofrecía. Algo parecido debió de sucederle a Donald Keene y los amantes de la literatura debemos agradecer que le ocurriera, pues este neoyorkino es en gran parte responsable de que hoy en día en Occidente tengamos la suerte de conocer a autores como Mishima, Kawabata, Oe o Tanizaki.

De cómo surgió Banteki

Fotografía de Kohei Yoshiyuki

Banteki no nació de la nada. Durante aquellos cinco años que vivió en Japón, José Pazó sintió la necesidad de relatar algunos de los problemas y curiosidades que marcaban la realidad del país. Por ejemplo, un niño de su vecindario le mostró la marginación que sufren en Japón los coreanos.

Y es que Japón, como dice José Pazó, es «el mundo al revés». El mismo país que destaca por su disciplina y férrea educación se convierte en un escaparate de gentes de todo tipo en cuanto al radicalismo estético se refiere, que además está socialmente aceptado. La excentricidad de las ropas y los cosplays callejeros parecen formas de dar salida a la represión emocional. Los personajes de Banteki se caracterizan de acuerdo con esta realidad: la ropa extravagante, como los enormes zapatos de la pequeña Shou; los modos de vida estrafalarios, como el trabajo de Tako, que reparte publicidad de puticlubs, o la particular concepción del sexo de Yumi lo atestiguan.

Es así como José Pazó recogió toda una serie de conflictos y particularidades durante sus años de profesor en Japón. Conflictos y particularidades que acabó volcando en su primera novela, Banteki, ya de vuelta en Madrid.

Apuntes biográficos sobre José Pazó, autor de Banteki

Autorretrato e ilustración de José Pazó
Autorretrato e ilustración de José Pazó

La relación de José Pazó Espinosa (Madrid, 1961) con Japón viene de lejos. De muy lejos. Su bisabuelo, Gonzalo Jiménez de la Espada, además de ser el primer español que escaló el monte Fuji, tradujo Cuentos del Japón viejo, de Takejiro Hasegawa. En Japón nació y se crio su abuela Ana, que dormía al pequeño José con el cuento de Momotaro.

Junto al amor por la cultura japonesa, Pazó heredó el afán explorador. Ser descendiente de Marcos Jiménez de la Espada, miembro de la Comisión Científica del Pacífico, es lo que tiene. Con apenas veinte años y sin saber nada de inglés, José Pazó dedicó un verano a trabajar en un rancho del sur de Estados Unidos. Como buen viajero, aceptó sin rechistar, aunque con cierta estupefacción, el sombrero de cowboy que le asignaron como uniforme de trabajo. Aprendió el idioma leyendo novelas americanas que traducía palabra por palabra armado con un diccionario Larousse. Otro verano, en Italia, se hizo amigo de un lord que aprovechaba sus frecuentísimas borracheras para declamar poemas de Maiakovski. En ruso, como debe ser.

La vida japonesa de José Pazó comenzó gracias a una beca para enseñar español en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Nada más llegar, el rector lo recibió en su despacho y, como muestra de hospitalidad, le ofreció un té y lo miró en silencio durante media hora. Cosas del haragei, que Pazó supo apreciar. Se quedó a vivir en Japón cinco años.

Ahora José Pazó Espinosa es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. También es traductor. Entre sus traducciones destacan Recuerdos recobrados, de Kiki de Montparnasse (Nocturna ediciones); Los amigos, de Kazimi Yumoto (Nocturna ediciones) y Botchan, de Natsume Soseki (Impedimenta). También es autor de un libro de haikus ilustrados del que os hablaremos más adelante.

También ha escrito una novela. Se llama Banteki.

Apuntes sobre Banteki

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Fotografía de Daido Moriyama

Nos tienen acostumbrados a un Japón de cara amable e idealizado, dominado por una idea de tradición y espiritualidad o de progreso tecnológico. Sin embargo, nadie se hace la pregunta de cómo estos dos aspectos de modernidad y tradición chocan entre sí. En la nueva novela de José Pazó, Banteki (El salvaje), encontramos una realidad muy distinta a esta imagen infantil. De la mano de su narrador, un madrileño, damos un paseo por Osaka. Descubrimos una ciudad industrial llena de humo y suciedad, de racismo, de barrios bajos y apartamentos pequeños que parecen colmenas, de desprecio a la vida, de una sexualidad enfermiza y un conflicto social que convierte a la gente en individuos excéntricos. En esta realidad urbanística la modernidad ha pervertido completamente a la tradición japonesa. Las personas se pierden y diluyen en la masa y la velocidad.

El protagonista es un banteki, un bárbaro que nos habla sin adornos, con una verborrea vulgar y agresiva; las palabras surgen rápidas al ritmo de los eventos y de los pensamientos. Un protagonista que, «harto de la mierda del mundo», ha acabado viviendo en una máquina electrónica.

Si quieres conocer un Japón diferente, atrévete a desmontar tu realidad. Atrévete a Banteki.