Occidentales en Japón

Retrato de Donald Keene de Yuji Ozeki
Retrato de Donald Keene de Yuji Ozeki

La novela Banteki está poblada por una amplia gama de personajes extravagantes y se instala en los márgenes del Japón urbano de finales del siglo XX. Ambas elecciones la convierten en una obra doblemente excéntrica, justifican el caos imperante y legitiman la entrada en escena de diferentes conflictos, por lo común ajenos a quienes conocen Japón desde el exterior: el rechazo hacia los coreanos, la presión a la que viven sometidos los ejecutivos de bajo rango, la violencia de los bosozokus, etcétera. En la primera novela de José Pazó, velocidad y contradicción se imponen sobre quietud y equilibrio zen. Sin embargo, el autor de Banteki ni se propone condenar Japón ni es víctima del desencanto.

Volvemos de nuevo a las elecciones del autor, que esta vez se solapan con la experiencia. En Banteki, José Pazó, amparado por un conocimiento directo y profundo de Japón, escoge sacar a flote algunas de las contradicciones que marcan la actualidad del país y que, a ojos de quienes lo observan desde la lejanía, permanecen invisibles. Ahora bien, aunque en esta ocasión el autor haya elegido transitar la senda descrita, dentro del ámbito editorial no escasean las muestras de su admiración hacia Japón, al que lo unen aventuras familiares que se remontan varias generaciones atrás. Los haikus ilustrados de El libro de la rana, de los que hablaremos la próxima semana, constituyen un primer ejemplo de esa admiración. La traducción y el prólogo de Un occidental en Japón se sitúan en la misma línea.

Un occidental en Japón fue el título bajo el que Donald Keene, el más prestigioso japonólogo vivo, eligió presentar sus memorias en 2008. En el prólogo de la versión española, publicada en 2011 por Nocturna Ediciones, José Pazó reflexiona sobre la disparidad de sentimientos que embargan a un occidental cuando se instala en Japón y ha de enfrentarse por primera vez con una serie de contradicciones y conflictos sociales que captan la atención del extranjero con especial fuerza. José Pazó –aquí vuelven a entrar en juego las elecciones– optó por sustraerse de los juicios precipitados y sacar partido de todo lo bueno que Japón le ofrecía. Algo parecido debió de sucederle a Donald Keene y los amantes de la literatura debemos agradecer que le ocurriera, pues este neoyorkino es en gran parte responsable de que hoy en día en Occidente tengamos la suerte de conocer a autores como Mishima, Kawabata, Oe o Tanizaki.

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