José Pazó, fotógrafo

Fotografías de José Pazó
Fotografías de José Pazó

Previamente hemos hablado de la faceta de escritor de José Pazó, refiriéndonos tanto a Banteki como a sus 101 versiones ilustradas del haiku más famoso de Basho contenidas en El libro de la rana. Otra de las conexiones de Pazó con el mundo del arte y la cultura es la fotografía.

La fotografía es desde hace años una de sus grandes pasiones. De hecho, se ha mostrado bastante experto en este campo y ha conseguido que algunas de sus imágenes sean publicadas en la página web del reputado fotógrafo Steve Huff.

Como se puede ver, el estilo fotográfico de José Pazó es bastante particular: blanco y negro, grano muy grueso, desenfoques y sobreexposiciones. Las imágenes, de apariencia técnicamente imperfecta, recuerdan al estilo de uno de los fotógrafos de referencia de Pazó: Daido Moriyama, otra conexión más entre nuestro autor y Japón. Moriyama es uno de los fotógrafos japoneses más importantes de la segunda mitad del siglo XX, su actividad ha estado principalmente asociada a la ciudad, por lo que es considerado un fotógrafo callejero. Moriyama se ha centrado en fotografiar todo lo que le llama la atención de los barrios marginales de Tokio y ha creado una serie de estampas de detalles estrafalarios pero cotidianos de la ciudad, algo similar a lo que podemos encontrar en Banteki.

Fotografías de Daido Moriyama
Fotografías de Daido Moriyama
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José Pazó, autor de haikus

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En Banteki no todo son motos rapidísimas, melenas de colores y magreos suburbanos. También hay espacio para los jardines de piedra, para la música inarmónica de los kotos, para el dios Tengu y para la literatura de Kobo Abe. Si miramos Banteki de cerca, descubriremos el enorme interés de José Pazó por la cultura y la tradición japonesas.

Los haikus y las ilustraciones de El libro de la rana, publicado por la editorial Langre en 2011, también demuestran la admiración de José Pazó por Japón. Sin dejar lugar a dudas.

Los haikus son poemas breves que suelen describir la percepción de un instante. Quizá el más famoso sea El estanque y la rana, escrito por Matsuo Basho en 1686. Antonio Cabezas, en su antología Jaikus Inmortales (no hay erratas en el título), lo tradujo así: Un viejo estanque. / Se zambulle una rana: / ruido del agua.

Existen varias traducciones al castellano de este haiku, entre las cuales no está de más citar la de Octavio Paz, realizada con la ayuda del hispanista japonés Eikichi HayashiyaUn viejo estanque: / salta una rana ¡zas! / chapaleteo.

Si las traducciones al castellano de El estanque y la rana son abundantes, las inglesas son abundantísimas. De hecho, José Pazó concibió la idea de escribir El libro de la rana cuando descubrió One Hundred Frogs: From Renga to Haiku to English, donde Hiroaki Sato recoge cien versiones en inglés del haiku.

Al principio, Pazó pensó en una recopilación semejante a la de Hiroaki, pero descubrió que no había suficiente material en castellano. Puede que entonces el autor de Banteki recordara el refrán que dice: «Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña». José Pazó decidió escribir e ilustrar él mismo cien variaciones de El estanque y la rana.

José Pazó también decidió que la obra se adaptaría al formato del ehon, un tipo de libro ilustrado que tuvo mucha presencia en Japón durante los periodos Edo y Meiji. En una entrevista, el autor señala que «desde el principio, los dibujos se fundieron con el texto, por lo que en sí no es un libro ilustrado, sino un ehon. Y las versiones comenzaron a salir casi por sí solas».

A continuación, reproducimos una imagen de El libro de la rana, extraída de la web de su editorial.

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Apuntes biográficos sobre José Pazó, autor de Banteki

Autorretrato e ilustración de José Pazó
Autorretrato e ilustración de José Pazó

La relación de José Pazó Espinosa (Madrid, 1961) con Japón viene de lejos. De muy lejos. Su bisabuelo, Gonzalo Jiménez de la Espada, además de ser el primer español que escaló el monte Fuji, tradujo Cuentos del Japón viejo, de Takejiro Hasegawa. En Japón nació y se crio su abuela Ana, que dormía al pequeño José con el cuento de Momotaro.

Junto al amor por la cultura japonesa, Pazó heredó el afán explorador. Ser descendiente de Marcos Jiménez de la Espada, miembro de la Comisión Científica del Pacífico, es lo que tiene. Con apenas veinte años y sin saber nada de inglés, José Pazó dedicó un verano a trabajar en un rancho del sur de Estados Unidos. Como buen viajero, aceptó sin rechistar, aunque con cierta estupefacción, el sombrero de cowboy que le asignaron como uniforme de trabajo. Aprendió el idioma leyendo novelas americanas que traducía palabra por palabra armado con un diccionario Larousse. Otro verano, en Italia, se hizo amigo de un lord que aprovechaba sus frecuentísimas borracheras para declamar poemas de Maiakovski. En ruso, como debe ser.

La vida japonesa de José Pazó comenzó gracias a una beca para enseñar español en la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Nada más llegar, el rector lo recibió en su despacho y, como muestra de hospitalidad, le ofreció un té y lo miró en silencio durante media hora. Cosas del haragei, que Pazó supo apreciar. Se quedó a vivir en Japón cinco años.

Ahora José Pazó Espinosa es profesor de la Universidad Autónoma de Madrid. También es traductor. Entre sus traducciones destacan Recuerdos recobrados, de Kiki de Montparnasse (Nocturna ediciones); Los amigos, de Kazimi Yumoto (Nocturna ediciones) y Botchan, de Natsume Soseki (Impedimenta). También es autor de un libro de haikus ilustrados del que os hablaremos más adelante.

También ha escrito una novela. Se llama Banteki.

Apuntes sobre Banteki

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Fotografía de Daido Moriyama

Nos tienen acostumbrados a un Japón de cara amable e idealizado, dominado por una idea de tradición y espiritualidad o de progreso tecnológico. Sin embargo, nadie se hace la pregunta de cómo estos dos aspectos de modernidad y tradición chocan entre sí. En la nueva novela de José Pazó, Banteki (El salvaje), encontramos una realidad muy distinta a esta imagen infantil. De la mano de su narrador, un madrileño, damos un paseo por Osaka. Descubrimos una ciudad industrial llena de humo y suciedad, de racismo, de barrios bajos y apartamentos pequeños que parecen colmenas, de desprecio a la vida, de una sexualidad enfermiza y un conflicto social que convierte a la gente en individuos excéntricos. En esta realidad urbanística la modernidad ha pervertido completamente a la tradición japonesa. Las personas se pierden y diluyen en la masa y la velocidad.

El protagonista es un banteki, un bárbaro que nos habla sin adornos, con una verborrea vulgar y agresiva; las palabras surgen rápidas al ritmo de los eventos y de los pensamientos. Un protagonista que, «harto de la mierda del mundo», ha acabado viviendo en una máquina electrónica.

Si quieres conocer un Japón diferente, atrévete a desmontar tu realidad. Atrévete a Banteki.