Sobre tubos y temblores. Nacer en Japón / Trabajar en Japón

Retratos de Amélie Nothomb
Retratos de Amélie Nothomb

En el prólogo de Banteki, Alberto Olmos reflexiona sobre la legitimidad que le otorga a un escritor el conocimiento directo del marco geográfico y cultural dentro del cual se ambientan sus novelas. En opinión de Olmos, a ojos de los lectores, esta experiencia inviste al autor de un plus de credibilidad semejante al que deriva del aviso «Basado en hechos reales».

El prologuista de la primera novela de José Pazó entronca la observación anterior con una llamada de atención sobre el escaso número de narradores españoles que conocen Japón de primera mano. En el caso de Banteki, a esa excepcionalidad inicial habría que sumar la determinación de José Pazó de construir una ficción ambientada en el Japón contemporáneo, lejana de las habituales derivas escapistas que se ciñen a los tópicos del exotismo.

Si, tomando las precauciones necesarias, extrapolamos lo expuesto al contexto europeo, hablar de Amélie Nothomb se convierte casi en obligatorio. La autora constituye uno de esos extraños ejemplos en los que un narrador occidental conoce Japón de primera mano y, además, se lanza a escribir sobre el presente del país.

Hija de un diplomático belga, Amélie Nothomb nació cerca de Kobe, donde transcurrieron los primeros años de su infancia. Ya adulta, la escritora volvió a instalarse en Japón para trabajar como intérprete en Tokio, tras graduarse en la Universidad Libre de Bruselas. Entre las aficiones literarias de Amélie Nothomb destaca su gusto por la construcción de relatos con un fuerte componente autobiográfico. Metafísica de los tubos y Estupor y temblores ejemplifican con claridad esa afición.

En esta pareja de novelas, Nothomb se hace cargo de los dos episodios biográficos arriba citados: la infancia temprana en Kobe y el regreso a Japón como trabajadora. Quienes lean Metafísica de los tubos tendrán la oportunidad de asistir a la curiosa transformación de su protagonista: una cría que pasa de bebé vegetal —un dios-tubo conectado con el universo, que solo deglute y excreta comida— a bebé iracundo para, finalmente, encontrar la paz en una tableta de chocolate belga y despertar a un mundo donde los niños son tratados como criaturas sagradas durante sus primeros años. Al Japón mágico de la infancia se contrapone la devastadora realidad laboral en torno a la que discurre Estupor y temblores. Aquí, la protagonista, en lugar de ser tratada como el centro de todas las cosas, ocupa el escalafón más bajo dentro de una cadena de mando interminable. Al desdeñable rango profesional de la joven belga se suma la ansiedad constante que le causa el carecer de una función definida dentro de la empresa y no poder tomar la iniciativa para poner fin a la situación porque, de acuerdo con la mentalidad japonesa de respeto sumo al poder, ello supondría cometer un acto de insubordinación inadmisible.

Las novelas de Amélie Nothomb reafirman que Japón es un país de múltiples rostros.